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El compuesto edificado conocido universalmente como casas Colgadas de Cuenca, constituye una de las arquitecturas más singulares que puedan encontrarse en el patrimonio histórico de la vieja Europa. Su nombre y su imagen han traspasado las fronteras en mayor grado que otros monumentos de carácter civil mucho más monumentales y refinados. Una larga historia ya seis veces centenaria las ha conducido, desde su primera condición de viviendas privadas del Medievo, a convertirse en un icono urbano con proyección internacional y, finalmente, en un emblema de absoluta modernidad vinculado con el Museo de Arte Abstracto Español, inaugurado en 1966.
A mediados del siglo XV se fechan los documentos de mayor antigüedad conocidos hasta la fecha, conociéndose nombres de propietarios como Ferrando de Madrid y el arcediano Gil Ramírez de Villaescusa. Las adquirió después, en 1481, el bachiller y canónigo Gonzalo González de Cañamares, que reedificó una de ellas con ámbitos tan interesantes como el oratorio privado, el salón y la escalera isabelina. Después del bachiller, los González de Cañamares, los Chinchilla y los Girón poseyeron y habitaron asimismo las casas sin interrupción durante siglos. En las primeras décadas del siglo XX, el ayuntamiento las compró en distintas fases, y en 1928 acordó la demolición de buena parte de la sección situada junto a la bajada a San Pablo. El arquitecto Fernando Alcántara, encargado de la subsiguiente reconstrucción, introdujo el llamativo balconaje de madera con el que, por primera vez en más de medio milenio, cambió radicalmente la faz de las casas Colgadas.
Un anexo edificado inevitable, aunque no encaramado sobre la cornisa caliza, es el inmueble colindante con el palacio episcopal, que muchos denominan erróneamente como de la Sirena, la vivienda que Baroja describe en su novela La Canóniga. Bajo ella se encuentra uno de los pontidos o pasadizos cubiertos más sugestivos de Cuenca, que descubre al paseante el bellísimo panorama de la hoz del Huécar y que no debe confundirse con el antiguo postigo de Santa María, ubicado unos metros más abajo.
Reemplazando en el imaginario popular al demolido puente pétreo de San Pablo, las casas Colgadas se han convertido en el icono arquitectónico de Cuenca desde el último cuarto del siglo XIX. Lo prueban hasta la saciedad los objetivos de los fotógrafos y los pinceles de numerosos artistas como Aureliano de Beruete, Joaquín Sorolla, Santiago Rusiñol, José Gutiérrez Solana, Wifredo Lam y un larguísimo listado hasta la actualidad. En una ceremonia incesantemente repetida, ningún visitante de la ciudad deja de recoger, situado sobre el puente de hierro, su estampa sobre las rocas.