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Hoy es únicamente un muro con dos portadas, una de las cuales cuenta entre las más interesantes de la ciudad. Cuesta reconocer en estos vestigios un edificio de envergadura arquitectónica, semejante a los que solía erigir la Compañía no solo en ciudades populosas, sino en poblaciones de menor entidad. Pero ésta debe de ser una impresión engañosa, provocada por la decrepitud en que hoy vemos su sede conquense. Autores antiguos tan exigentes como Antonio Ponz elogiaron la iglesia, y las obras de arte que encargaron los religiosos para adornarla no respondían a decisiones aleatorias, sino que pretendían mostrar ante los ciudadanos una imagen de modernidad estética con artistas prestigiosos y ajenos al medio local.
Aunque el canónigo Pedro del Pozo intervino inicialmente para favorecer la presencia jesuítica en Cuenca a mediados del siglo XVI, el verdadero fundador del colegio fue el asimismo canónigo Pedro Marquina, capellán del rey, al que autores casi coetáneos como Rizo califican como “muy particular amigo de San Ignacio”. La escritura fundacional se redactó el 30 de septiembre de 1561. Las armas del patrono campean en los escudos todavía conservados, que sustentan dos grifos: las tres barras, el unicornio y las tres lises. La documentación permite conocer, de manera mínimamente aceptable, cómo creció de manera orgánica el edificio sobre una manzana entera de casas preexistentes entre la calle de San Pedro y los acantilados de la hoz del Júcar.
La fundación tuvo lugar según lo dicho en el Renacimiento pero, si la hipótesis interpretativa aquí ofrecida de los restos conservados es correcta, nada apreciable quedaría de ese momento, perteneciendo aquellos al Barroco. Las mayores carencias actuales afectan al conocimiento de los arquitectos que trazaron las diferentes fases edificatorias entre los siglos XVI y XVIII. Tampoco queda ninguna imagen que compense el vacío de saber cómo era. El canónigo Marquina tuvo la inteligencia y la capacidad de contratar, para su fundación conquense, a maestros prestigiosos traídos por Felipe II a España para laborar en El Escorial, como el pintor Rómulo Cincinato y el escultor Juan Luis Musante. Otros artistas que decoraron el templo, de Alonso Cano a Manuel Álvarez y Jaime Bort, atestiguan la búsqueda continua, por parte de los patronos y responsables del colegio, de excelencia y calidad en las piezas de arte que promovieron. Queda la portada, que ciertos autores ubican en el Renacimiento y que parece corresponder en mayor grado a la transformación barroca del siglo XVIII, al igual que los retablos renovados en esa centuria y el alargamiento de la capilla mayor. La torre se encontraba calle arriba, a la derecha de la portada.
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