Convento de Carmelitas Descalzas, CuencaListado

Elemento arquitectónico

Convento de Carmelitas Descalzas

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Las carmelitas descalzas se trasladaron desde Huete a Cuenca en 1603, ocupando de manera provisional una casa del barrio de San Martín. El 17 de agosto de 1604, el escritor Sebastián de Covarrubias donó a la comunidad buena parte del terreno sin edificar que, desde su propio jardín, llegaba hasta el inmueble de la Inquisición recién erigido en el solar del castillo. Entre 1604 y 1608, las religiosas iniciaron, en la parcela más próxima a la sede inquisitorial, la edificación de unas estancias primigenias que les permitieron trasladarse a ellas en el último año citado. Esta primera fase constructiva quedó a cargo del maestro de cantería Juan Fernández de la Serna, aunque aún no conocemos al verdadero autor de las trazas. El convento se completó en la sexta década de la centuria.

Fray Alberto de la Madre de Dios fue el autor de la iglesia, típicamente carmelitana en su austeridad y claridad de formas post-herrerianas, y seguramente de gran parte del convento. En el estado de conocimientos actuales, este magnífico arquitecto consta en 1613 vinculado documentalmente con las carmelitas conquenses. Nada se sabe por el momento de si esa relación puede adelantarse algunos años, mas a partir de esa fecha no cabe dudar de su protagonismo creador en las secciones que quedaban por erigir y, sobre todo, de las trazas del templo, que es lógicamente la parte más importante del conjunto. Se inauguró en 1646.

La fachada sigue en todo el modelo arquitectónico de la orden, sin pórtico abierto como sucede con frecuencia en los monasterios femeninos y con el detalle curioso, pero entendible en el proceso constructivo, de que carece de las habituales pilastras laterales, sustituidas por dos hermosas cadenas de sillería. La cadena de la derecha prolonga sus sillares hacia la casa de la demandadera del convento, que era una pequeña edificación de corte popular pegada a la iglesia, con una cocina y dos habitaciones adyacentes. Nada tenía que ver, pues, la pequeña vivienda de la humilde recadera de las monjas con la cercana mansión patricia de Sebastián de Covarrubias.
Existen conventos carmelitanos tan importantes o más que el de Cuenca, pero ninguno puede igualar sus valores topográficos y paisajísticos. El claustro queda abierto al bellísimo paisaje de la hoz del río Huécar, y alguna de las estancias vuela sobre las rocas a manera de casa colgada. En cuanto a la iglesia, busca sus cimientos a gran profundidad para aprovechar una brecha en el acantilado, de manera que el suelo se encuentra mediada la perpendicular de un altísimo murallón. La ubicación en el edificio de la Fundación Antonio Pérez permite disfrutarlo en todos sus ámbitos.

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