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Ermita de la Virgen de las Angustias
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Información
La ermita comparte algunos dilemas históricos con el vecino convento de Franciscanos Descalzos. Este edificio, que acoge una devoción sumamente arraigada entre los conquenses, ha generado muchas opiniones en la literatura local, casi siempre sin el apoyo de referencias documentales concretas. Por ello se hace preciso ordenar los datos y proponer una interpretación lo más plausible que se pueda. Cabe rechazar que su origen se remonte a lo más profundo de la Edad Media, o que anteceda en el tiempo al convento franciscano. Bien al contrario, la ermita que predominaba entonces en la zona era la de San Bartolomé, emplazada a unos doscientos metros, que le daba su nombre tanto a la puerta rupestre que permite el acceso a la ciudad por ese lado, como a la empinada cuesta que baja al río Júcar.
La ermita de las Angustias es asimismo más tardía que el convento. Serían los propios religiosos los que instituyeran su culto y un ámbito arquitectónico para acogerlo, parece que ubicado inicialmente dentro de la clausura. Todo apunta a que años más tarde, a mediados del siglo XVII, promovieron un pequeño santuario exterior al cercado de su cenobio. Su dependencia espiritual en aquellos momentos sería absoluta en relación con el convento. Pero es en el siglo XVIII cuando tuvo lugar la gran renovación del oratorio, con el protagonismo del obispo don Juan de Lancáster, duque de Abrantes y grande de España, tras asumir el cargo de hermano mayor de la cofradía e implementarse la proyección social de la advocación mariana. En 1724, el hermano carmelita Fernando de Santa Teresa diseñó una importante ampliación del inmueble preexistente que afectó al crucero con la cúpula, la cabecera y otras secciones; esto es, la mayor parte del edificio actual.
La portada, una de las más relevantes del Barroco conquense a pesar de su pequeñez, es tres decenios posterior. Destaca su sentido ascensional. El primer cuerpo concuerda estilísticamente con las portadas conquenses de hacia 1700, de la iglesia del convento de la Merced al palacio episcopal. El segundo cuerpo y la espadaña ofrecen un fuerte relevado de sus miembros, acorde con las portadas de agresivo trazado de mediados del siglo XVIII, como la de la iglesia del convento de San Pablo. En lo que respecta a su autoría, hay que establecer la mayor reserva respecto a la atribución habitual al arquitecto José Martín por parte de los estudiosos. Concuerda en mucha mayor medida con los modelos derivados de fray Vicente Sevila a partir de su portada de la capilla del Seminario, que lleva fecha de 1746. De gran interés documental es la inscripción del remate de la espadaña, donde consta el año 1758.