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Es uno de los templos más antiguos y notables de la ciudad, con hitos constructivos básicos en los siglos XIII, XVI (finales), XVII y XX (principios). En su primera fase, del primer tercio del siglo XIII, tendría una sola nave en concordancia con otros templos de la época de la repoblación como San Pedro y San Miguel. A finales de dicha centuria, se ampliaría con una nave colateral en el costado sur, erigiéndose una nueva portada que sería la aparecida en 2006 bajo el revoco que la ocultaba. En el último decenio del siglo XVI tuvo lugar una absoluta metamorfosis del edificio, una reedificación drástica de la fábrica primitiva con cambios absolutos tanto en la planta como en la estructura y el concepto arquitectónico, y probablemente un apreciable giro hacia el este del eje del templo. Se definió así el ámbito definitivo, una iglesia de nueva traza en el estilo del último Renacimiento, el de la Contrarreforma, que se fue edificando poco a poco hasta recibir la cubierta abovedada a mediados del siglo XVII. Lo que se hizo en ese momento es concluir el proyecto ya establecido con anterioridad, añadiendo la portada actual como único signo de ese tiempo.
El cabildo de Nuestra Señora de la Soledad promovió en el tercer cuarto del mismo siglo XVII una ampliación de su sencilla capilla inicial, dando lugar a una novedosa coyuntura estilística, esta vez sí barroca, que cabe atribuir al arquitecto madrileño José de Arroyo. Su proyecto duplicó la superficie anterior con otro tramo, cubierto con cúpula sobre pechinas y linterna. La ornamentación de vegetales estilizados, su carácter movido y abultado, de formas que se retuercen en volutas y ondas con una definición geométrica al extremo, responden ya a un lenguaje plenamente barroco. A pesar de su pequeñez, la capilla de la Soledad es la joya arquitectónica de la parroquial de El Salvador y uno de los referentes evolutivos del patrimonio edificado conquense.
Del siglo XIX, lo más interesante es si acaso la armazón de hierro que, en 1895, reemplazó a la madera en el tejado de la nave. De gran importancia es la fase que afectó a la torre y el coro enteramente nuevos que, según trazas del arquitecto Luis López de Arce, se levantaron entre 1903 y 1905. La torre en particular se convirtió desde ese momento en uno de los más importantes hitos paisajísticos de la ciudad. La radicación en El Salvador de numerosas cofradías de Semana Santa, con sus imágenes procesionales, ha originado iniciativas novedosas como las pinturas murales de Víctor de la Vega o las puertas de bronce del templo, con relieves pasionistas, realizadas en el año 2000 por Miguel Zapata.