Iglesia de la Virgen de la Luz y San Antón, CuencaListado

Elemento arquitectónico

Iglesia de la Virgen de la Luz y San Antón

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Este templo dieciochesco aglutina en un mismo programa devocional las advocaciones de la Virgen de la Luz y San Antonio Abad, como resultado de un largo proceso histórico que afectó a dos inmuebles medievales colindantes pero diferenciados, y de la mudanza del título de la Virgen antes denominada del Puente a Virgen de la Luz, auspiciada por las autoridades eclesiásticas en el siglo XVIII. La fundación del hospital de San Antón es anterior a 1352, y la ermita de la Virgen del Puente lo precedería cronológicamente. Hasta la demolición de ambos edificios y la construcción de la iglesia actual entre 1760 y 1764, con planos de José Martín, ermita y templo hospitalario conservaron su individualidad y su carga devocional propia. Las dos puertas existentes en la fachada ofrecen testimonio de esas dos construcciones originarias ya desaparecidas, a la izquierda la de la ermita y a la derecha la del santuario antoniano. De las coyunturas edificatorias anteriores a la creación de José Martín, pervive la citada portada de la izquierda, de estilo plateresco, como vestigio in situ de la fase constructiva del comendador fray Cristóbal Agustín de Montalvo, muy importante al reconstruir la iglesia de su hospital y renovar el santuario anexo. Cabe datarla hacia 1529-1530, y no puede ser identificada con la que los antonianos encargaron en 1523 al cantero Gil Martínez Parejano, que era para su centro asistencial y no para la ermita.

Adentrados ya en las centurias del Barroco, el comendador fray Antonio de Criales promovió hacia 1735-1750 la erección de una nueva capilla a la Virgen que, en ese momento, aún mantenía el nombre del Puente. Lo más llamativo es que, recién terminadas las obras, los antonianos plantearon un nuevo y definitivo proyecto arquitectónico, unificador de los dos templos existentes. Encargado José Martín, como queda dicho, de las trazas, inauguró con esta iglesia un grupo de magníficos espacios dinámicos y de gran belleza, concordantes con el Barroco más creativo tanto de España como del resto de Europa. Obra maestra y cabeza de serie arquitectónica dentro y fuera de la provincia es, después de la catedral, el monumento conquense más estudiado y valorado por los especialistas. Aunque perdidos los altares originarios, y en espera de una merecida restauración, sus bóvedas permanecen tapizadas por un rico programa iconográfico dedicado a la Virgen de la Luz y a san Antón, en un ciclo pictórico de gran amplitud. Ofrece por primera vez los rasgos estilísticos distintivos del turolense, como son los muros planos y no excesivamente articulados del exterior, en contraste con los espacios interiores rebosantes de movimiento, en un verdadero frenesí curvilíneo.

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