ListadoAudioguía
0:00
¿Cómo llegar?
desde mi ubicación actual- Distancia
- —
- Tiempo estimado
- —
Información
Pocas iglesias conquenses alcanzan la potencia visual que adquiere en la cornisa edificada que asoma al río Júcar, en cuyo paisaje incorpora un hito arquitectónico de primer orden. De compleja evolución histórica, tras la destrucción de su patrimonio artístico durante la Guerra Civil fue sometida a una intensa restauración a mediados del siglo XX. Este proceso reconstructor ha cambiado en gran medida su fisonomía, tanto interior como exteriormente, de manera particular en la zona occidental. San Miguel es una de las primitivas iglesias conquenses, erigida tras la conquista de la ciudad en 1177. Era entonces templo de una nave y ábside semicircular, seguramente abovedado a juzgar por el grosor de los muros y el movimiento de la cúpula, que carece de pechinas en el fondo. Tendría un tramo recto delante. Los antiguos canecillos del exterior han sido comparados con los que muestran las cornisas más antiguas de la catedral, lo que ha llevado a fechar la iglesia a finales del siglo XII. Concordante con la llamada arquitectura de la repoblación, refleja una tipología humilde, con estructura simplificada y ornamentación reducida a mínimos. Como suele ser habitual en el territorio, el aparejo es de mampostería. La techumbre de la nave sería un forjado de madera.
La nave única inicial recibió más tarde, tal vez antes del mismo siglo XVI y desde luego con anterioridad a 1565, como prueba la vista de Cuenca desde el oeste de Van den Wyngaerde, la ampliación de una nave colateral anexa más corta, baja y estrecha, en el lado del Evangelio. También alteró el presbiterio del templo, a mediados del siglo XVI, la cúpula ovalada de casetones que recrece el ábside. Se acepta generalmente la autoría de Esteban Jamete, según la intuición inicial de Chueca Goitia. Adorna su centro un relieve del arcángel San Miguel, con vestimenta militar a la romana y manto, indumentaria que adopta su iconografía en el Renacimiento.
Hacia 1755, su interior experimentó una profunda renovación en clave barroca y con leves apuntes ornamentales de estilo rococó. Es un caso más de la transformación radical que impuso el Setecientos a ámbitos internos antiguos, respetando la caja de muros que continuó siendo la antigua. Las techumbres de madera primitivas pasaron a ser bóvedas, de cañón con lunetos en la nave principal y de aristas en la colateral. Una moderada ornamentación rococó solo es perceptible en la nave mayor, quedando la otra en total despojamiento. Aunque la reforma se suele atribuir a José Martín, el diseño de los elementos decorativos concuerda en mayor grado con el estilo de fray Vicente Sevila y con obras suyas documentadas como la iglesia de Santa Cruz.