Iglesia de Santa Cruz, CuencaListado

Elemento arquitectónico

Iglesia de Santa Cruz

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El templo medieval, del que se conservan escasos elementos, experimentó una renovación radical en el curso del siglo XVI, interviniendo maestros como Sebastián de Arnani, al que se le encargó el nuevo campanario en 1539, y Juanes de Mendizábal el Viejo en 1554-1557. Mas la renovación definitiva tuvo lugar desde 1568 con traza de Francisco de Goycoa. Las condiciones redactadas por este arquitecto en febrero de 1570, para que las ejecutara en obra el cantero Juanes de Mendizábal el Mozo, y el plazo convenido de tres años, indican que era un proyecto de envergadura. También se conoce la intervención de Pedro de la Vaca en 1571. De este inmueble renacentista perdura la caja de muros, la portada y el campanario. El altísimo muro de la cabecera, que da al Huécar, es uno de los elementos arquitectónicos más sobresalientes del paisaje con la potencia casi militar de sus paredones de mampostería a plomo del desaparecido postigo de San Martín. Sus volúmenes geométricos y secos son propios del estilo de la época de Felipe II, y pueden compararse con los del edificio de la Inquisición. La portada es del siglo XVI, aunque con algunas modificaciones en el siglo XVIII y una intensa restauración producida hace unas décadas.

En 1755 y 1756 conoce la iglesia de Santa Cruz una profunda remodelación interior con trazas de fray Vicente Sevila. Conservándose los muros perimetrales, una bóveda de piedra de toba sustituye la techumbre de madera del siglo XVI, y toda la nave recibe una envoltura dieciochesca con decoración rococó. La rocalla estaba presente en los capiteles, en los frisos pintados, en los tramos de la bóveda, en el óculo de la fachada y en el ábside. Coetáneos como el párroco Turón de Miranda elogian el resultado, al adjetivar la reforma como “un vaso de iglesia de los más agradables”. Casi todo ello se ha perdido, por la absurda decisión, tomada en la segunda mitad del siglo XX, de despojar de tejas la cubierta y abandonar el inmueble a las inclemencias meteorológicas. Ello traería aparejado el hundimiento de la bóveda del siglo XVIII en uno de los episodios más lamentables sufridos por el patrimonio local, porque constituía un verdadero documento de la evolución de Sevila hacia la rocalla por influjo de la labor de José Martín en San Felipe Neri, de apenas tres años antes. Quedó así dañada de modo irreparable una de las mejores realizaciones barrocas de la ciudad y de su trazador, el citado fray Vicente Sevila. Solo gracias a Fernando Chueca Goitia, y a su artículo de 1944 sobre la arquitectura conquense dieciochesca, podemos imaginar cómo era el interior a partir de sus descripciones y de algunas fotografías.

Actualmente alberga la colección Roberto Polo.

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