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Puente de San Pablo
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Colosal murallón de piedra en origen, surgió exclusivamente para facilitar el paso desde la ciudad alta al monasterio dominico del mismo nombre. Fue financiado por el canónigo Juan del Pozo y construido en las décadas centrales del siglo XVI, con trazas iniciales de Francisco de Luna e intervención posterior de Andrés de Vandelvira. Con cinco arcos, se convirtió desde el instante mismo de su puesta en obras en el monumento más emblemático de la ciudad hasta su incomprensible demolición a finales del siglo XIX. No solo los escritores subrayaron una y otra vez su potencia arquitectónica a la romana y el impacto que les producía su contemplación. También los pintores dejaron claro que el puente centraba la panorámica paisajística por excelencia de Cuenca. Antecedió a todos ellos el flamenco Anton van den Wyngaerde en su campaña de trabajo de 1565, obedeciendo el mandato del rey Felipe II, el primer admirador, un año antes, de la imponente obra de ingeniería entonces en pleno proceso constructivo. Abandonado por todos, y con quiebras sucesivas que no se atendieron debidamente, fue dinamitado por entero el 29 de marzo de 1895.
Unos años después, el obispo don Wenceslao Sangüesa encargó al ingeniero José María Fuster el proyecto de un puente de hierro, en realidad una pasarela peatonal y de carácter provisorio que acabó siendo permanente, como acceso al Seminario de San Julián de los colegiales de San Pablo. Fue inaugurado en abril de 1903. Su longitud de 106 metros y su altura de 38 metros se aproximan bastante a las dimensiones del puente de piedra. Carece ya de sentido la disputa estética entre las dos realizaciones, porque responden a épocas, materiales y conceptos constructivos diferentes. Situados en la coyuntura del hierro, la moderna pasarela de San Pablo cuenta con antecedentes en la ciudad como el puente del ferrocarril que atraviesa el río Júcar, sobre el que pasó el primer tren el 12 de junio de 1883. Ambos demuestran que las estructuras de hierro nunca defraudan en un entorno natural.
Convertido en el mejor mirador sobre la espectacular cornisa edificada sobre las rocas, de la antigua Inquisición a las casas Colgadas, el puente de San Pablo cuenta con sus propios valores estéticos y forma parte ya del patrimonio histórico de la ciudad con su perfecta integración en el paisaje de la hoz del Huécar. En cuanto a los nostálgicos del monumento pétreo anterior, les resultará con seguridad insuficiente el consuelo de buscar los mínimos restos del mismo que se mantuvieron por simple afán utilitario. El más interesante es el estribo lateral del lado del convento, que puede dar idea al menos de la anchura que tuvo y del trabajo de los canteros conquenses del Renacimiento.
Puntos de interés cercanos
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